Sobre Escribir la violencia. Hacia una gramática del grito de Ilit Ferber, Aïcha Messina y Andrea Potestà (Editores)

Por Victoria Urtubia

Desde las primeras páginas de Escribir la violencia. Hacia una gramática del grito nos enteramos que estamos frente, en apariencia, a una empresa imposible. Porque, si en efecto la violencia se caracteriza por la evanescencia de su concepto, y si en efecto trata de una irrupción posibilitante de los intrumentos con los cuales podemos pensarla, ¿bajo qué condiciones ha de persistir esa escritura? ¿Cómo ha de concebirse?

Estas preguntas son apenas un indicio del problema que leo a lo largo de las páginas del libro editado por Ilit Ferber, Aïcha Messina y Andrea Poptestà. Se trata de una compilación de ensayos que engloba no solo la dificultad de hacer de la violencia objeto de pensamiento, sino también a cómo aquella constituye un problema escritural que termina por redefinir las premisas en las que descansa el lenguaje, en la medida que, al ser medular en la misma destrucción del leguaje, compromete sus propias condiciones de articulación. Y ese compromiso, que se trata especialmente en la primera parte del volumen, no remite sino a la siempre inadecuada relación entre el lenguaje y el cuerpo, el lenguaje y el dolor; el cambio de aliento que supondría escribir la violencia dice relación con reconfigurar las condiciones en pos de una comunicación alternativa, a contrapelo quizá, de la significación. El grito, por tanto, es en esta primera parte una figura privilegiada en cuanto cristaliza la ambivalencia de la in-articulación y, en consecuencia, la imposibilidad de escribirlo por direccionar hacia la desintegración.

A la luz de esta cuestión, la segunda parte constituye, en mi parecer, una proyección del problema en términos discursivos y en particular a la posibilitación del testimonio en lo que compete a la configuración y organización de lo memorable. Sea en el aprovechamiento de los recursos de la literatura en pos de hacer audible la verdad no de los hechos, sino de la historia; sea en la confrontación de aquellos tipos de verdad en el examen de las memorias de Carlos Prats y su versión apócrifa; o sea el tratamiento de la madre en la literatura del Renacimiento judío o en la novela de la escritora chilena Guadalupe Santa Cruz, la literatura proporciona aquel momentum –cambio de aliento– que redefine el testimonio y el cómo ha de ser escuchado. Más allá de la violencia que subyace en las discusiones en torno a lo que ha de ser memorable o historizable, esta sección atiende a cómo la literatura negocia un estatuto alternativo de la rememoración, y por lo tanto el cómo la pensamos.

En concordancia con el énfasis de este libro, es decir no tanto en el tema –no es escribir sobre la violencia– sino en la manera –cómo escribir la violencia, en qué medida mi escritura es violencia–, la tercera parte dedicada a la violencia como una cuestión específicamente escritural, no solo concluye el delineamiento del problema que he querido destacar en este texto, sino también en la complejidad de su relación en la medida de que implica asediar tradicionales dicotomías asociadas a la subjetividad, al mismo tiempo que alterar su operatividad: la escritura hipersensible y preidentitaria de Artaud, e incluso la necesidad de la interrupción del cogito cartesiano para la continuidad de su repetición configurante, conllevan a pensar que la violencia como asunto del  lenguaje remite a afirmar la relación, radicalmente íntima, entre la mente y cuerpo, el lenguaje y el dolor. A fin de cuentas, si las gramáticas del grito implican la destrucción del lenguaje, también exigen otras disposiciones con las cuales ser escuchadas. Este libro, si bien centrado en la escritura, también nos interpela a pensar en cómo estamos leyendo.

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