Huelga general y crisis social: entrevista al filósofo Carlos Pérez López

Por equipo Ediciones Metales Pesados

Carlos Pérez López (Chile), doctor en filosofía y autor de La huelga General como problema filosófico. Walter Benjamin y Georges Sorel (Ed. Metales Pesados, 2016) nos concede una entrevista a raíz de su libro en el que aborda la “huelga” como conflicto filosófico y político, y que hoy en día se vuelve nuevamente relevante repensar. Considerando que en su esencia trata sobre la paralización masiva del trabajo, Carlos sitúa este concepto en relación con nuestra historia reciente y la actualidad, tales como los últimos acontecimientos que se han desarrollado en América latina, o el estallido social en Chile, donde analiza su impacto en las prácticas sociales y en los tiempos de las personas en una sociedad neoliberal. De este modo, se visualiza una performatividad respecto a cómo se comprende la huelga general, y cómo puede estar sometido a tensión o en sintonía con el concepto filosófico de Benjamin y Sorel.

¿Cómo surge tu interés por trabajar la huelga general desde un punto vista filosófico?

La verdad es que me interesé en estudiar la huelga porque estaba perdido en medio de muchas cosas que quería indagar. Desde la licenciatura, venía estudiando un artículo que Walter Benjamin publicó en 1921, “Para una crítica de la violencia”. En ese tiempo, y pese a las advertencias de mis profesores, me parecía un texto claro, con sus dificultades, pero claro al fin y al cabo. Con el pasar de los años, mientras más lo leía, menos lo entendía y más descubría mi ignorancia sobre una serie de problemas de los que trata, empezando por el de la violencia y lo tremendamente difícil que resulta pensarla. Cuando se habla de violencia, parece haber una idea simple y consensuada sobre lo que significa, pero si te piden explicarla, todo eso se esfuma. Sería obvio decir que la violencia física es inconfundible. Pero ¿qué pasa cuando hay situaciones que se dan en un marco carente de violencia física, y que sin embargo están dominadas por relaciones de poder (sometimientos, extorsiones, presiones, deudas, etc.)? ¿Y qué pasa cuando tales condiciones carentes de violencia física perduran en el tiempo profundizando un problema, sin resolverlo? ¿No es también “violencia” el nombre de estas relaciones aparentemente pacíficas? Y esto, sin ahondar en aquella violencia física que se autolegitima como monopolio del Estado y cuya forma jurídica se traduce en una desregulación sin control de su práctica, sea militar o policial (represiones, mutilaciones, asesinatos sin esclarecer, centrales de inteligencia que funcionan como aparatos de encubrimiento, etc.). En el fondo, el problema de la violencia no se reduce a su simple condena verbal que, como sabemos, prácticamente no tiene ningún efecto sobre sus perpetradores. El hecho de que parezca de sentido común aquella frase que llama a rechazar “toda violencia venga de donde venga” –como si la violencia fuera algo homogéneo o como si el reconocimiento de lo violento en la violencia fuera siempre evidente– termina siendo una renuncia a pensar, a criticar y a poder reconocer de dónde viene la violencia en cada caso. Poder reconocer el origen de la violencia es finalmente el problema y de eso trata, en el fondo, la crítica de Benjamin.

La cosa es que en el estudio de este texto, como les contaba, me perdí por un buen tiempo, hasta que, llegado el momento de formalizar mi investigación, me di cuenta de que había una serie de asuntos en la crítica de la violencia que no terminaba de entender. Uno de esos asuntos era el de la huelga, concepto ambiguo, como toda resistencia, porque siempre se presenta ante una disyuntiva: puedes resistir haciendo huelga para mejorar ciertas condiciones de un sistema de trabajo o puedes hacer el mismo tipo de huelga para suprimir radicalmente ese sistema. La huelga por sí sola, en su visibilidad, no muestra inmediatamente su carácter. Hace falta ver las condiciones que la impulsan para reconocer su signo. Esas condiciones son históricas, es decir, exigen una mirada al pasado implicado en la situación que lleva a suspender el trabajo. En mi caso, me interesó poder explorar las condiciones en las huelgas generales de las que hablaba Benjamin: la gran huelga general revolucionaria que llegó a ser un mito en el imaginario social de comienzos del siglo XX. Y al explorar esto, me pareció reconocer en la huelga más de un problema filosófico. Uno es que la huelga está animada por una paradoja, pues la detención del trabajo es un trabajo, algo así como una obra cuyo plan es la ausencia de obra. Y el otro es que la huelga detiene un tiempo, es decir, no detiene “el” tiempo, sino “un” tiempo. Esto significa que las experiencias históricas, incluso las que vivimos nosotros, están atravesadas por varias temporalidades, en lugar de estar dominadas por un solo tiempo lineal. ¿Qué son esos tiempos? ¿Cómo se relacionan? ¿Cómo reconocerlos? Bueno, me pareció que todas estas cosas llamaban a la filosofía. Por supuesto, de modo intuitivo uno podría decir que la huelga es un tema perteneciente al pensamiento político, a la economía, al derecho, a la sociología, a la historia, quizás mucho antes que a la filosofía. Y sin embargo, por lo que decía recién, me pareció que la huelga era también un problema filosófico. Eso fue lo que me interesó estudiar de la huelga: la huelga como trabajo de la suspensión del trabajo y la huelga como detención de un tiempo que visibiliza otros tiempos.

Desde que se publicó La huelga general como problema filosófico. Walter Benjamin y Georges Sorel (Ed. Metales Pesados, 2016) ¿consideras necesario repensar el concepto “Huelga” en relación a los acontecimientos que han sucedido en los últimos años en  América Latina?

Creo que repensar un concepto significa dar cuenta de un cambio en la relación que tiene ese concepto con la realidad que señala. Dicho cambio, a su vez, supone un conocimiento histórico, tanto de esa realidad como del propio concepto, de tal modo que uno podría ver hasta qué punto el concepto sigue relacionado con lo que nombra. Más allá de saber sin cuestionarnos demasiado lo que significa una huelga, esto es, el cese del trabajo a mayor o menor escala, la pregunta por la realidad de la huelga en nuestro tiempo podría mostrar diferencias patentes entre los diversos modos de concebir la huelga en diferentes momentos históricos. Hacer el seguimiento de esa relación, por ejemplo cotejando lo que significó la huelga para los sindicalistas de fines del siglo XIX y comienzos del XX con respecto a lo que significa para nosotros a la luz de los últimos movimientos sociales en América Latina, nos llevaría a asumir la necesidad de un estudio comparativo para evaluar la vigencia del concepto histórico de huelga. Es un camino posible.

Pero en mi caso, me interesa más bien otra vía. La de aportar eventualmente un pensamiento sobre la huelga y aun sobre lo que se ha dicho de la huelga, independientemente de que estas reflexiones puedan implicar o no un nuevo concepto de huelga. Hay filósofos que, siguiendo a Benjamin, han intentado forjar un concepto filosófico riguroso de la huelga, llevando hasta las últimas consecuencias el pensamiento especulativo de lo que sería una huelga radical y universal, es decir, las implicancias de no hacer absolutamente nada (como el famoso personaje Bartleby de Melville que ante cada solicitud para realizar un servicio respondía “preferiría no hacerlo”). En este sentido, no se trata de pensar la huelga según lo que sucede en el mundo, sino según las reglas de su propia idea. Lo que más me llama la atención en todo esto es que la idea radicalizada de la huelga, en principio tan irreal, se parezca tanto a lo que nos toca vivir hoy, inesperadamente, como detención casi total del mundo del trabajo por los estragos que causa un virus a escala planetaria. En este sentido, no haría falta repensar la huelga a la luz de los acontecimientos, sino mirar los acontecimientos a la luz de lo que ha sido pensado del modo más radical por este concepto y que, sin proponérselo, le resulta tan afín. En otras palabras, no se trataría de repensar el concepto de huelga a partir de lo que vemos en nuestra actualidad, sino de ver cómo nos interpela lo que proyectaban los teóricos de la huelga general sobre las pautas de acción para vivir durante la huelga general universal, que en su tiempo eran las proyecciones de una sobrevivencia revolucionaria (resistir 14 días antes de que se rinda la burguesía, decía una de las teorías de la huelga), muy similar si se quiere a las cuarentenas totales a las que nos estamos habituando ahora. Robert Fraser, introduciendo a la obra clásica de James George Frazer, La rama dorada, dice que hay textos que nos han leído mucho tiempo antes de que hayamos nacido. Creo que hay cosas de la huelga general en su historia que también nos han leído anacrónicamente a su manera.

A partir de las temáticas que trabajas en el libro, tales como, la huelga general como noción de mito, la huelga política y revolucionaria, ¿cómo lo relacionas con el estallido social?

El estallido social en Chile ha sido un fenómeno inesperado y sin embargo no podemos decir que nos haya tomado por sorpresa. Muchas personas, entre las que me incluyo, guardaban la esperanza de que esto se detuviera algún día. Desde el fin de la dictadura, en Chile hemos vivido la democracia con la letanía de un trabajo que se hace por inercia, como si las riendas de nuestro destino no nos incumbiera tanto a nosotros como a aquellos que se dedican a la profesión política, es decir, aquellos que se dedican a pensar por nosotros y con nuestro supuesto beneplácito. Peor aún, hemos vivido sabiendo esto, con el diagnóstico relativamente preciso de lo que nos ocurría, pero sin saber bien cómo curar toda una serie de males arraigados en nuestra vida democrática. Remediar las injusticias, sacudirnos de este sistema consagrado a la deuda, era de hecho un mito y, salvo la juventud de Chile, en las generaciones adultas circulaba constantemente la idea resignada de que este orden neoliberal era lo que nos tocaba como destino inamovible y que no había muchas vueltas que darle. Para toda una generación, romper con ese mito era tan impensado como el propio estallido social.

El mito es un concepto muy especial, hasta extraño. En principio lo asociamos a lo ficticio e irreal que hay en las invenciones poéticas, que pueden llegar a ser legendarias. Por lo mismo, vemos también en los mitos lo falso y lo ilusorio. Pero también puede tener algo de verdad, como un cuento que proviene de experiencias inmemoriales y que se transmite con nombres e imágenes de fantasía. En todo esto, no hay acuerdos sobre lo que son los mitos. De hecho, los mismos filósofos que me ha tocado estudiar, Benjamin y Sorel, tenían versiones completamente opuestas del mito. Para Sorel, la huelga era un mito, una imagen inspiradora capaz de movilizar a toda una colectividad como si fuera un solo sujeto (las imágenes de los primeros cristianos como mártires de una religión que dominó el mundo o los soldados de Napoleón que daban sus vidas por los valores revolucionarios en el campo de batalla, eran mitos para Sorel). Benjamin en cambio pensaba en la versión griega de los mitos, pero no en su estructura racional, sino en su contenido: la superioridad de los dioses inmortales jugando con el destino de los mortales humanos. Esa sola superioridad exponía, mejor que cualquier filosofía, la raíz más originaria de la violencia asociada al poder. Curiosamente para Benjamin, la huelga que Sorel pensaba como mito rompía con este tipo de mitos y con la violencia que imponen. Traigo a colación todo esto porque creo que esta última versión del mito, la de las esferas superiores que juegan con la vida de los mortales y sus destinos, se parece mucho a esa resignación al orden de las cosas, a la vida sometida al poder, que rondaba el imaginario colectivo chileno hasta el día del estallido social.

Con el estallido social, toda esta supuesta superioridad y toda esa manera subyugada de vivir ha tambaleado tan fuerte y ha quedado tan en evidencia, que esas esferas superiores ya no gozan de la apacible seguridad que les daban sus privilegios. Y ahora que tenemos todo a la vista y que la promesa de no volver a tolerar lo insufrible parece ser irrenunciable, están también echadas las cartas sobre la ruta a seguir y sobre quién es quién en todo esto: los reformistas que introducen leves cambios para conservar el orden de los privilegiados son muy diferentes de los que buscan una transformación radical como romper con las condiciones actuales del trabajo, no permitir que subsista el sistema político tal como existe hasta hoy y no tolerar una vida condenada a la deuda que es la que ha sido lamentablemente forjada en el Chile de la democracia. No es coincidencia que esta misma oposición haya animado el debate político sobre la huelga general a comienzos del siglo XX, donde se oponían los reformistas (social-demócratas) y los revolucionarios (socialistas). Pero la historia, que según Marx sucede dos veces, primero como tragedia y después como comedia, no tiene por qué seguir un curso predestinado al éxito o al fracaso según cómo lo anuncien ciertos profetas. Las profecías que no se cumplen son de hecho las que más perduran. Y digo esto pensando en los que anuncian un fracaso en el estallido social, pues lo importante de este movimiento, si lo comparamos con la historia de la huelga, no es hacia dónde nos llevará, sino lo que ha logrado generar como una brecha imborrable en el presente. Y esto que ha generado vale más que cualquier cura, pues hoy tenemos en Chile la cultura política que no tuvimos en los últimos treinta, cuarenta años; hoy tenemos las ganas de tomar las riendas de nuestro destino desde los más jóvenes a los más viejos; hoy tenemos en la mira todos los privilegios que desangran por goteo a la población chilena; y hoy tenemos la posibilidad de crear desde cero una herramienta (Nueva Constitución) para romper con los grilletes políticos (Tribunal constitucional, por ejemplo) que nos hacían dar dos pasos para atrás cuando avanzábamos uno. Todo eso está hoy a la mano y no hay reformistas ni reaccionarios que pueda negarlo. Por ahora, hay que esperar con paciencia y disciplina el claustro del virus pandémico que, de pasada, ha puesto aún más en evidencia la fragilidad de la vida neoliberal y el interés de todo un sector político, que trasciende fronteras, en no detener la máquina capitalista, al precio sacrificial de miles de vidas.

La huelga General como problema filosófico. Walter Benjamin y Georges Sorel http://www.metalespesados.cl/editorial/pdf/libros/179.pdf

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